A lo largo de su filmografía, y en particular en su primer largometraje, titulado La casa lobo (2018), Cristóbal León y Joaquín Cociña han creado un tipo de imágenes que se caracterizan ante todo por conservar las huellas del proceso de su producción. Este artículo se propone examinar los vínculos que esa opción estilística mantiene con determinados problemas ontológicos, utilizando para ello planteamientos extraídos tanto de la obra de Gilles Deleuze como de cierto número de declaraciones vertidas por estos dos directores chilenos en diversas entrevistas. En el desarrollo de esa investigación ha sido crucial determinar los peligros fundamentales a los que el cine de animación se expone cuando, para abordar dichos problemas, confiere a sus imágenes un carácter orgánico, accidental y precario, así como el análisis de las estrategias específicas mediante las cuales León y Cociña han intentado evitar tales peligros.